¿Qué ocurre cuando las oportunidades que son más o menos comunes para las personas de un barrio, son desiguales respecto al resto de los barrios de la misma ciudad?

Mi sobrino, un bachiller inquieto que arbitra partidos escolares de fútbol, me comentó hace unos días que estaba sorprendido por la diferencia de hábitos y maneras de hablar o de vestir que observa según el barrio en el que asiste al juego. También me dijo que las calles le “hablan” de más o menos pobreza y que eso afecta a las personas que ve caminando en ellas. Interesante diagnóstico de un joven de dieciséis años…

¿Y qué son los barrios? Entre las múltiples definiciones, me aventuro a decir queson una determinada manera social de ser o hacer en la que confluyen formas, más o menos específicas, de relacionarse y de construir sociedad. Son un ámbito territorial que está, entre el planificado espacio urbano y la socialización basada en el hogar, y en la identidad de vecindario construida a través de la suma de personas y sus voluntades. Algo así como lo que Henri Lefevbre definía como “una puerta de entrada y salida entre los espacios calificados y el espacio cuantificado.”

No obstante, ¿qué ocurre cuando las oportunidades que son más o menos comunes para las personas de un barrio, son desiguales respecto al resto de los barrios de la misma ciudad y esa desigualdad no permite que este carácter comunitario se desarrolle? ¿Qué acontece cuando las personas que en él habitan e interactúan no pueden ser, estar y hacer como desearían, individual o colectivamente? ¿Qué ocurre cuando no tienen la libertad de elegir qué sociabilidad quieren construir en sus calles, o en su barrio e, incluso, su estilo y forma de vida se ve limitada o reducida? Como posible respuesta, me viene a la mente el lema “ No es pobreza, es injusticia”, frase de una campaña impulsada por las asociaciones vecinales de un distrito barcelonés.

Efectivamente, ante la constatación empírica de severas diferencias entre barrios (mediante indicadores como por ejemplo la relación de renta per cápita, la renta media anual familiar, los servicios públicos por habitante o el número de desahucios por barrio), es posible objetivar que las desigualdades –entre unos y otros barrios- existen. Y que, por otra parte, responden a algo más que casualidades socio demográficas y atribuibles a un incorrecto equilibrio territorial en el apoyo al desarrollo y bienestar social de los vecindarios. Por tanto, creo que sería pertinente la aplicación de factores correctores, en forma de políticas redistributivas de recursos públicos y consolidación de derechos, también en clave territorial de barrio.

La activación de esos factores correctores debe articularse con políticas de apoyo integrales. No sólo, ni básicamente, de políticas de protección social, sino ante todo, de desarrollo de todos los aspectos y necesidades de los barrios afectados, contando para su diseño y ejecución con el apoyo clave de las comunidades y asociaciones vecinales, de los vecinos y vecinas.

En este ámbito es vital el enfoque basado en la reversión de la desigualdad en aras de la justicia social. Esto implica, entre otros aspectos: servicios básicos y complementarios suficientes; transporte público adecuado; dinámicas de crecimiento económico consensuadas con el barrio; apoyo específico a necesidades específicas identificadas y movilidad.

Las personas somos el activo fundamental de las sociedades. Y, en el orden de lo territorial, los barrios son una de las unidades básicas de identidad colectiva que, cuanto más capaces son de generar riqueza social, a partir de su actividad, imprimiendo carácter propio, más fortalecen las sinapsis de la sociedad y fomentan que las personas nos desarrollemos y desarrollemos así nuestra sociedad. Y, para eso, nos hacen falta oportunidades en igualdad de condiciones, tanto individual, como colectivamente, también en clave territorial.

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