En ocasiones percibimos el mundo como un lugar frío y hostil, peligroso, en el que nos cuesta desenvolvernos solos, de modo que en ciertos momentos necesitamos sentirnos acompañados, cuidados o protegidos. En este contexto el acceso al crédito funciona como un moderno “bastón financiero” que nos permite apoyarnos para salvar situaciones difíciles o poner en marcha iniciativas que de otro modo sería imposible llevar a cabo. Pero vivir sin crédito es vivir sin apoyo.

Para los economistas, el crédito es el cambio de un bien actualmente disponible por una promesa de pago con interés, y existen tantos tipos de crédito como las instituciones que los ofrecen. Originalmente, la figura del crédito se pensó para la adquisición de bienes duraderos, especialmente cuando no se tiene la liquidez necesaria para realizar una compra, pero hoy es habitual utilizarlo con otros fines como el crédito al consumo, a través de modalidades como tarjetas de crédito, préstamos personales concedidos por entidades financieras o por los propios puntos de venta.

En diferentes zonas del mundo, y España no es una excepción, somos adictos al crédito. En nuestro país el crédito concedido por las entidades financieras a las empresas y a las familias desempeña un papel importante en el desarrollo económico y en los últimos años hemos asistido a una fuerte contracción del crédito derivada en parte por el aumento de las deudas de los hogares y las PYMES, y por otro lado por la compleja situación de las instituciones financieras españolas y su liquidez.

En los últimos años, según señalaba el Banco de España en 2013, se produjo un “intenso aumento de las deudas de los hogares que superó con creces los avances de sus rentas y se tradujo en unas ratios de endeudamiento excesivamente elevadas”. Los expertos señalan que debe evitarse que la ratio de endeudamiento supere el 35%-40% de la renta familiar, ya que a partir de este límite el riesgo de insolvencia puede tener consecuencias devastadoras. En este sentido sería necesario llevar a cabo medidas de sensibilización, prevención y acción.

Ser dependiente de otros puede ser considerado algo negativo, pero todo estará en función de las condiciones derivadas de dicha dependencia y su coste. No es lo mismo que un familiar o amigo nos preste dinero (generalmente sin comisiones ni intereses), a que nos veamos obligados a recurrir a prestamistas o usureros del siglo XXI que nos impongan condiciones leoninas. Aun así, la peor de las situaciones es no tener ni siquiera acceso a que alguien nos pueda prestar, que no tengamos la oportunidad de superar un bache o de invertir en nuestro futuro, sea cual sea el interés a pagar.

Gran cantidad de personas en nuestro país -y en todo el mundo- no pueden apoyarse en el moderno “bastón financiero” que supone el acceso al crédito. Por ejemplo, pequeños agricultores no pueden acceder a comprar semillas, pequeños emprendedores no pueden desarrollar iniciativas empresariales o personas con enfermedades no pueden abordar el pago de ciertos medicamentos, lo que aumenta gravemente las desigualdades sociales. Expertos del Banco Mundial calculan que 2.500 millones de personas no tienen acceso a servicios financieros, incluyendo al 80% de aquellos que viven con menos de dos dólares americanos al día y cerca de 200 millones de pequeñas empresas.

Hoy en día somos muchos los que consideramos el acceso al crédito como un derecho humano que debe llegar a aquellas personas que no cuentan con recursos pero sí con ideas y voluntad, y que las políticas económicas y financieras requieren que incorporemos un enfoque basado en derechos, tal y como nos mostró con su ejemplo Mohamed Yunus (Premio Nobel de la Paz en 2006) y su gran obra: el Grameen bank en Bangladesh.

Fuente: eldiario.es

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