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La redacción de nuestro periódico se hace eco del artículo publicado por Cristina Fernandez el pasado 3 de abril en el periódico Málaga Hoy en el que hace referencia a nuestra barriada.

Como vecina de Mangas Verdes creo que es importante que la historia y las vivencias del barrio se difundan y lleguen a todos los vecinos que allí vivimos. Es por eso que transcribo la noticia:

“Las risas de las mujeres de más de medio siglo que se escuchan hoy en rincones de Mangas Verdes fueron lágrimas no hace tantas décadas. Hubo llanto, y mucho, por el esfuerzo de tener que levantar a mano y poco a poco su propia vivienda, por no contar con agua corriente, saneamiento o luz en la calle, por vivir en un monte incomunicados por carretera, por criar a los hijos tan lejos de las comodidades de la ciudad a la que llegaron para formar parte. Por eso, la mirada a este particular barrio de Ciudad Jardín puede mutar completamente según los ojos de la generación que lo contempla. Esta encrucijada de caminos, de escaleras y cuestas endemoniadas, imposibles para las prótesis de rodilla, estas calles de aceras estrechas, sin accesibilidad, sin parques, ni zonas verdes son un logro, una verdadera “maravilla” para aquellos que construyeron Mangas Verdes en la nada. Sus defectos son perdonados por el amor a aquello que se hizo con el sudor propio.

Pero este barrio es mucho más que su caótico entramado urbano, de colores y formas diversas, que no fue legalizado hasta los años 90. Su espíritu es el de un pueblo que late en mitad de una ciudad. Y como tal, la solidaridad vecinal es una cualidad que ennoblece su día a día. Un gran porcentaje de los más de 4.000 habitantes de las casas levantadas según criterios, necesidades y posibilidades económicas de las familias, son personas mayores y jubilados. Llegaron desde Colmenar, Casabermeja, Algarrobo, Alfarnate, Riogordo… y fueron comprando terrenos al dueño de la huerta, que parceló al margen de cualquier ordenamiento de la época.

En los años 50, los agricultores se convirtieron en albañiles y lo poco que podían ahorrar lo dejaban en el polvero. Compraban los materiales de construcción y pagaban al Farina para que su “borrico” hiciera el transporte hasta la parte más alta. La obra se paralizaba hasta que nuevamente podían reunir unas pesetas. Así se fueron añadiendo habitaciones, plantas y terrazas en las que florecen los geranios y se crían jilgueros y canarios.

Reme Morilla es oriunda del barrio. Nació en la calle Mendoza Tenorio. “Había cuatro casas y las demás se fueron construyendo, hasta hace poco no estaban legalizadas ni escrituradas”, comenta esta ama de casa y señala que a la gente de Mangas Verdes “nos gusta mucho el barrio, hay un buen ambiente de vecindad, nos conocemos casi todos desde hace muchos años, es gente muy sana”. Adela Milán es una de ellas. Tiene 72 años y lleva allí más de 50. Tuvo cuatro hijos y tenía que ir a coger el agua a la alcubilla y a lavar la ropa al cau, la canalización del Acueducto de San Telmo que bajaba desde el Guadalmedina por Ciudad Jardín para aportar agua a las huertas. “No tenía cuarto de baño, calentaba una olla de agua para bañar a mis niños, luego una vecina hizo un pozo y puse una manguera hasta mi casa”, recuerda Adela.

Ana Martos se vino desde Colmenar hace 44 años. “Cuando se hizo mi casa tenía que traer los materiales con un carrillo porque no podían subir los coches”, dice esta mujer que estuvo detrás del mostrador de la frutería de la plaza Francisco López López durante tres décadas. Entre todos los recuerdos difíciles le quedó uno grabado a fuego. “Tuve un aborto y me tuvieron que bajar sentada en una silla hasta la parte a la que llegaban los vehículos”, relata. Vitalista e implicada por completo con el movimiento vecinal, Ana muestra con cariño sus fotos con el alcalde, con María Gámez, con Cassá, con Mariví Romero, con Estefanía Martín Palop… A todos conoce por sus nombres y apellidos. Con todos ha debatido sobre las necesidades de su gente que hasta los años 70 no tuvieron red de agua y saneamiento. “Se hizo gracias al padre Aladino y los vecinos tuvimos que poner 1.000 pesetas por casa”, recuerda Antonia, que vive muy cerca de la alcubilla de la que recogían el agua potable.

“Cuando me casé mi marido ganaba 800 pesetas, de ahí comíamos todos, así que fui comprando las cosas poco a poco, con mucho trabajo”, recuerda Ana Martos y apunta que desde aquí en el autobús y luego andando por el arroyo Jaboneros se iban a El Palo a coger almendras y algarrobas. Eso sí, estas familias no conocían lo que era una hipoteca. Muy pocos inmigrantes han llegado en los últimos años a Mangas Verdes y la gente joven suelen ser la segunda y tercera generación, que se han quedado cerca de sus progenitores.

“Durante años se ha considerado como un barrio marginal, pero en las últimas dos décadas ha cambiado mucho”, comenta Rocío Capilla, trabajadora social y coordinadora de proyectos de la Asociación de Vecinos Mangas Verdes. Sus gentes son humildes, trabajadoras, pero la crisis ha golpeado con dureza este núcleo que vivía en gran medida de la construcción y cuya población cuenta con pocos estudios. Ahora hay una tasa alta de desempleo. “Muchas familias se han venido abajo en cuanto a ingresos, hay mucha economía sumergida, mucho nini, jóvenes sin estudio y sin trabajo”, agrega la trabajadora social. Las ganas de mejorar la zona, de ganar para ella la dignidad merecida es lo que movió a Antonio Martos a crear la asociación vecinal que canaliza las demandas y vertebra las actividades en la zona. Ya han cumplido veinte años y aún tienen mucho que demandar.

“Las infraestructuras son las principales peticiones de los vecinos, el arreglo de barandillas, de rampas, la accesibilidad”, dice Rocío Capilla. “También estamos peleando por el cambio de dirección del tráfico en las calles y la limpieza”, agrega y señala que aún hay dos calles sin asfaltar. Además, una de las cuentas pendientes de la Administración regional con el barrio fue el Parque del Cau -en el paso del Acueducto de San Telmo- que se aprobó en 2002 pero se paralizó dos años después dejando un paso peligroso y a medio hacer que siguen utilizando los vecinos.

“Las aceras son muy estrechas, hay muchas cuestas y escaleras, falta señalización”, protesta Reme. Ana también señala que “sólo tenemos un parque infantil pero está destrozado” y agrega que “no tenemos ni farmacia, hay que bajar a la plaza o a la carretera para comprar”. Para Paca, de 82 años, “esto ha cambiado como de la noche al día”. El arroyo, que estuvo a punto de llevarse a uno de sus once hijos, las piaras de cabras de sus vecinos y el solar que se usaba de vertedero eran su paisaje de antaño. Su suegro hacía ladrillos con el barro de la zona y ellos criaban cerdos para poder levantar su vivienda. Se pasó mal entonces pero también ahora que la crisis ha dejado a la mitad de sus hijos en paro y llevan ya cinco años inactivos.

“Hay mucho esfuerzo personal detrás de cada casa, todos tenemos una historia que contar”, dice Paca llena de razón. En este monte que, visto con perspectiva fotográfica se parece a una favela brasileña, luchan por salir de la exclusión social que provocan las necesidades económicas, la falta de perspectivas laborales y de formación. “De ahí su vulnerabilidad”, como subraya la trabajadora social. Su movimiento asociativo ha hecho que la que fuera morada de El Lute estando en busca y captura no haya caído en el olvido y haya sabido sobreponerse a su marginalidad estructural.”

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