Es cierto que las apetencias individuales son necesarias, y que desempeñan un papel importante en la elección de los alimentos y en la fisiología digestiva. Sin embargo, en muchas ocasiones esas apetencias están alteradas o deformadas, como consecuencia de un estilo de vida artificial y poco saludable. Esto hace que se sienta el deseo de consumir productos que no satisfacen las necesidades fisiológicas del organismo, o lo que es peor, que resulten nocivos para la salud. Por ello,el apetito no puede ser una guía segura en la elección de los alimentos y especialmente si no ha sido educado hacia lo saludable.

Comer simplemente lo que apetece es correr un elevado riesgo para la salud.

El apetito que reside en el diencéfalo, debe ser sometido y controlado por la razón y la fuerza de voluntad, que residen en la corteza cerebral y constituye el nivel superior de la mente humana.

La educación del apetito hacia los alimentos puede resultar incómodo al principio, pero que rinde grandes beneficios en favor de la salud.Lo ideal es hacerlo desde la la infancia, pero nunca es tarde para empezar.

El estudio de las propiedades de los alimentos y el conocimiento de su poder curativo, ya desde la niñez, contribuye a la educación del apetito.

Solo cuando se dispone de una información correcta y de un apetito educado, se está verdaderamente en condiciones de elegir de modo adecuado los alimentos convenientes para la salud y el bienestar del ser humano.

Las decisiones que continuamente estamos tomando para elegir los productos alimentarios que vamos a ingerir, constituyen un acto trascendente que tiene amplias y diversas consecuencias, especialmente sobre:
1. La salud individual, tanto a corto como a largo plazo.
2. La salud de los descendientes, en el caso de los padres antes del momento de la fecundación, y en el de las madres durante el embarazo y la lactancia.
3. La economía individual colectiva.
4. El medio ambiente y la ecología.

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